LA CARTA DE MIREYA (Segunda parte)

Del libro “Crónicas santacruceñas de Joaquín Arroyo”

Asteasu, País Vasco

por Roberto Arizmendi

Asteasu, 29 de junio de 1999.
Aquellos días del festival de música en Punta Arenas, en 1973, me llevaron a vivir una inefable experiencia, un cuarto de siglo después…
Asteasu, Guipúzcoa, País Vasco. Reino de España

La circunstancia histórica que vivíamos en el mundo ―y que en Chile estaba dando un paso liminar para las siguientes décadas― se reflejó simbólicamente en la entrega de los trofeos del Festival, que ese año el preciado “Ñandú” no sería de oro, plata u otros metales; en ese año por austeridad solidaria, sería de madera tallada por el talentoso plástico Pepe Martínez Martín.

Se apagaban los aplausos de la noche última velada; mientras agentes de la CIA y los golpistas ultimaban los aprestos del comienzo de la sangrienta tiranía que a partir de la muerte de Salvador Allende convertiría aquello en territorio sin veda para la caza de militantes antifascistas… Y los jóvenes artistas y trabajadores de la cultura que habíamos conocido en las jornadas del festival serían presa de los sabuesos. Muchos de los más organizados, del PC, el MIR o el PSCh, tenían previstos refugios o formas de escape; pero la mayoría quedaron librados a su suerte.

En Río Gallegos se organizó lo que llamamos operativo “Expreso de Medianoche” o simplemente “El Expreso”, que burlando los esfuerzos de los servicios de inteligencia chilenos y sus aliados locales pudo poner a salvo a muchos perseguidos que lograban cruzar clandestinamente la frontera. Se les daba refugio en “aguantaderos políticos” hasta su traslado a Buenos Aires, y de ahí podían marchar a un exilio más seguro.

Un día, recuerdo el 17 de febrero del ’74, recibí la carta. Desde Mendoza me la enviaba Mireya Gallardo, una compañera que había conocido e intercambiado contactos y buzones en los días de Punta Arenas. El motivo de la carta era mucho más importante que un simple cambio de informaciones: su marido, Patricio Pfafen, cantautor, estaba anclado en Santiago y su vida corría peligro. Tenía una posibilidad de salir del país si conseguía un contrato para trabajar… Necesitaba urgentemente una carta desde el extranjero con una oferta de trabajo. “Me tinca que tu puedes ayudarnos”, me escribía Mireya.

Sin pensar en riesgos ni dilaciones cumplí con las instrucciones que me detallaba. Viajé a Comodoro y desde un  teléfono público llamé a Mendoza y me comuniqué con Mireya que me dio a entender que la única posibilidad que Patricio tenía de cruzar la frontera, era en la clandestinidad… Estaba ya en Punta Arenas. Por contactos comunes coordinamos la pasada…

Estremecidos, menos de frío que de nervio, siete noches más tarde, próximos al alambre fronterizo varios kilómetros al Este del paso Monte Aymond, esperamos la aparición de ese hombre que corre desde hace largo rato a campo abierto sólo iluminado por una pálida luna menguante; que cruza por debajo de “el molinete” y, ya en tierra argentina, cae dejando atrás la desesperación y su patria.

Yo estoy en el coche de contención y veo cómo lo levantan mis compañeros y lo ayudan a llegar a la camioneta de Jobito y lo tapan con una lona; ya no vuelvo a verlo cuando arranco, adelante, para “abrir” el camino hasta la ciudad.

Intenté conocerlo, transmitirle con palabras mi solidaridad, pero ya estaba “tabicado” y salió para el Norte al día siguiente. Me quedé con la imagen de un flaco que corría y corría en la oscuridad de la noche, para meterse bajo una lona e iluminarse de esperanza.

La semana pasada, no sin satisfacción, pude comprobar que perdura mi capacidad de asombro. Una sorpresa con las que nos embosca la vida, aunque ya no queden muchas: Viajando por el Reino de España con Liliana, mi esposa y emocionada testigo, por fin llegamos a Asteasu, Guipúzcoa, nuestro destino en el País Vasco. Alojados en un albergue rural, una mañana desayunando nos cuentan que el administrador quería imperiosamente hablar conmigo.

― Tuve miedo de que se marchara sin que pudiera verlo ―me dijo ávido en un castellano distintivamente sudamericano mientras me miraba con lágrimas en los ojos― ¿Usted es Joaquín Arroyo, argentino de Río Gallegos? Lo vi en el libro de registros… Una vez le escribimos, con Mireya… Yo soy Patricio Pfafen, chileno.

Fue un rayo en mi memoria. En un instante estábamos estrechándonos, mudos en un abrazo interminable, como dos hermanos que se reencuentran. Nunca antes nos habíamos visto las caras, y sin embargo tantas veces lo encontré en mis pesadillas.

Hay circunstancias que crean lazos tácitos entre quienes tienen la malaventuranza de vivirlas, y pueden llegar a unir a dos desconocidos por más de veinticinco años.

Mireya Gallardo ya no estaba. Hubo de volver a Chile para buscar a su hermano desaparecido días después de hablar conmigo en Mendoza. Y allá quedó resistiendo, y finalmente nunca pudo escapar de Pinochet.