UN PONCHO AZUL

Del Cuaderno de Tapas Rojas de Joaquín Arroyo

UN PONCHO AZUL CON UNA GUARDA BLANCA

El viejo sentía una aprensión inexplicable hacia ese mar que era su compañero. Su figura solitaria, con el poncho azul con una guarda blanca, incorporaba el viejo al paisaje; pensaba que su destino estaba inevitablemente ligado a esas aguas inconmensurables, y al mismo tiempo algo dentro de él lo prevenía… El océano asechaba ola tras ola, espuma sobre resaca, a ese advenedizo que lo seguía desde hacía décadas, de Sur a Norte a lo largo de la costa santacruceña. En el Cabo Vírgenes los vio aquel joven Jorge Cepernic, en la época en que “lavó” arena buscando pepitas de oro por la zona de Monte Dinero; allí donde ese Atlántico Sur llega con el color de las heladas aguas antárticas a mojar el canto rodado de la playa. Mar y viejo juntos, compartieron jornadas con los centolleros en Cabo Buen Tiempo, y presenciaron las matanzas de lobos en las grutas de Monte León… Día tras día, año tras año, se siguieron el uno al otro dibujando el extenso litoral santacruceño sin dar muestras de ese resentimiento que comenzaba a mostrase.

En el cuerno geográfico que empunta la desembocadura del río Deseado, el viejo comenzó a recelar como presintiendo que llegaba al final del camino. Y por fin se instaló en el sur del golfo San Jorge, en la caleta hoy llamada Paula, y levantó una especie de cabaña en el mismo lugar donde mucho tiempo después la provincia habría de construir un puerto.

Entonces, comenzó una extraña guerra. El viejo tenía un poncho color azul con una guarda blanca que apenas se notaba, ajada por los trabajos y los años. Un día sintió que el océano trataba de arrebatarle la prenda; y cada vez que el viejo se acercaba al agua lo acosaba con una serie de embates filigranados de espuma… El viejo no encontraba defensa; sólo atinaba a escapar, protegiendo su poncho azul con una guarda blanca, mascullando insultos e invocaciones. No lograba entender la agresión. No imaginaba que el mar envidiaba su poncho azul con una guarda blanca, y que estaba dispuesto a todo por tenerlo… Un vacío enorme sentía el viejo desconcertado por la actitud de su compañero de tantas vivencias. Después de un largo camino camaradas, eso era lo que quedaba del vínculo otrora hermético. Un rencor enorme sentía el océano Atlántico, mientras trataba de sumergirse en la profundidad de esos ojos celestes del viejo que lo miraban sin comprender, fascinados.

El codicioso mar acechaba, unas veces en silencio y otras bramando su furia, con el solo objeto de robarle al viejo ese poncho azul con una guarda blanca. Entonces fue que un pez enorme, que el agua albergaba y alimentaba en su seno, aceptó ser su cómplice. Así el róbalo, como llamaban los pescadores de Santa Cruz a ese peje, formó un dueto con el Atlántico Sur para despojar al viejo. Largo tiempo planearon y plantearon distintas formas de asalto, mientras observaban al viejo que trajinaba días y playas con su poncho azul con una guarda blanca.

Una mañana, el viejo se acercó demasiado a la orilla donde las aguas parecían dormidas. “¡Róbalo!”, gritó el mar al tiempo que el pez, a caballo de una fuerte corriente de resaca, logró arrancarle al viejo un pedacito del poncho azul con una guarda blanca. Mar y pez festejaron su pequeña victoria al tiempo que cosían el trozo de poncho en el lomo de la tremenda masa de agua, fastidiando al viejo que gritaba y maldecía su destino y el desatino de acercarse tanto a la orilla. Llegó el momento en que el mundo estaba formado por sólo tres nociones: un viejo con poncho azul con una guarda blanca junto al mar; un pez róbalo y ladino dentro del mar; y un mar océano obstinado, incansable, eterno, que deseaba su presa hasta el infinito.

Una tarde, el viejo se sintió cansado, muy cansado. Cansado de esa guerra insensata y también de tantos años de bregar por la costa santacruceña junto a un mar que no lo quería y que le envidiaba, en una acechanza sin fin, su poncho azul con una guarda blanca. Por una oscura intuición supo que llegaba su muerte y se echó a dormir sobre la playa mientras la pleamar se mecía cadenciosa. Fue que el róbalo, obsecuente y vigilante, que atisbaba al viejo con sus ojos áureos, nadó sigiloso hacia él. El mar, dormido en esa hora, no supo que su cómplice estaba en peligro de morir varado. El viejo despierta y se pone de pie con un presagio. El mar se agita en su sueño. Sufre una horrible pesadilla y lanza una ola gigante. El viejo y el pez, envueltos en la ola, se estrellan contra las rocas. El viejo muere y el róbalo muere. Amortajados por el poncho azul con una guarda blanca, fuera del alcance de ese Atlántico austral y argentino.

El mar prosigue hoy con su oleaje incesante. Espera, tal vez, encontrar otro pez conspirador, y otra vez un viejo a quien despojar de su poncho azul con una guarda blanca casi imperceptible, ajada por los trabajos y los años.