MI AMIGO EN EL PUENTE

De los Capítulos Prescindibles del libro inédito “La Patagonia Mágica” (Título provisorio). Por El Róber Arizmendi.

MI AMIGO EN EL PUENTE

 “La mañana era limpia y bella como los ojos de Laura”, solía enunciar Julio, el Mule Muleiro. Buscando el poema que me inspiró la memoria, yo acababa de salir de El Calafate por el camino de ripio que me llevaría a Punta Bandera, donde estaban construyendo el nuevo muelle. Avanzaba sintiendo que ésta era una mañana de esas que refería mi amigo. Desde hacía quince días, la rutina diaria me llevaba a recorrer en camioneta los cuarenta kilómetros que nos separaban de la obra. Era primavera en la Patagonia, y estaba disfrutando ese privilegio con todos los sentidos en alerta. El paisaje corría conmigo, ansioso pero sin apuro. A mi derecha llevaba el lago, inmenso, compitiendo en azul y brillo con el cielo; y a lo lejos los montes, consagrando en el hielo eterno su condición de Andes. Al frente y a mi izquierda: el ocre santacruceño, las matas, los manchones verdes aprovechando mezquinos retazos de humedad y las inmensas rocas aisladas y solitarias que dejaron los glaciares en su retirada milenaria. Más allá, el nacimiento de la meseta.

Al salir de una curva tuve a la vista la cabecera del puente sobre el río Centinela; me llamó la atención la figura de un pibe que hacía señas para detenerme. Descubrí con fastidio que —entretenido con la amanecida y sus maravillas— estaba retrasado. Fui frenando despacio para no tapar de tierra al muchachito.

— ¿Qué hubo? —le dije secamente, casi con disgusto.

— Voy para allá —me contestó con un tímido ademán que señalaba el rumbo que yo llevaba.

— Dale, vamos. Subí rápido.

No se dijo una palabra más. Subió y —una vez acomodado en su asiento y el vehículo en marcha— mirándome de arriba a abajo, con una vocecita casi inaudible, susurró:

— Yo me bajo en el caminito ese, al lado de la piedra grande.

— Pero, ¿cómo? ¿Por tan poca distancia sos capaz de parar a un tipo que no sabés si está apurado?… No llega al kilómetro. ¿No pudiste hacerlo a pie? Yo a tu edad lo hubiera hecho corriendo… Así son de vagos… ¡Qué lo parió!… Hay que caminar, hay que correr, hay que transpirar. Eso es bueno para la salud… Y vos tendrías que aprender.

El pibe, asustado con el reto sólo atinaba a asentir con la cabeza y a mirarme sin pestañar, con los ojos grandes y tristes de indefinibles destellos celestes. Ya con el pie en el camino me dijo “gracias”, mientras se echaba al hombro una pequeña bolsa con pan. Comenzó a andar lentamente por el estrecho camino rumbo a la casita de paredes sin revoque y techo de chapas que me pareció ver más abajo. Caminaba con notable pesadumbre, como si algo dentro de él lo oprimiera con una gran tenaza. Lo vi alejarse y mirar hacia atrás cada tanto.

Antes de desaparecer en un bajón del sendero, me hizo un gesto con la mano que le quedaba libre y yo le contesté con la bocina de la camioneta.

“Estuve medio duro con ese pibe”, pensaba mientras reanudé la marcha. Siguió en mi mente el resto del trayecto. Algo me habían dicho esos ojos claros de pálida mirada, bajo los cabellos rubios y enredados.

“Es él”, me dije cuando a la mañana siguiente vi la manito blanca en señal de parada, y se ocultó tras las maderas del puente cuando reconoció mi vehículo.

— No tengas miedo, subí —le dije.

Subió y se sentó pegado a la puerta. No se oyó una sola palabra durante el trayecto de los escasos mil metros del viaje. Sólo un “hasta mañana” escuché cuando bajaba.

Repetir las palabras que cruzamos en los dos meses de contacto, con la rutina del corto trayecto, todos los días, no tomaría ni un minuto. Sin embargo el pibe me esperaba siempre, y despreciaba cualquier otra oportunidad de hacer la distancia que separa el puente del sendero donde se bajaba. Yo por mi parte, me había encariñado con su compañía.

— Esto le traje —me dijo un día, y me ofreció una frutilla que sacó entusiasmado de una bolsita. Le di las gracias y por primera vez le acaricié brevemente la cabeza revuelta. El se sintió feliz y lo demostró con la austera locuacidad con que se decidió a preguntarme:

— ¿Tiene hijos?

— Sí —le dije animado— tengo uno.

— ¿Y corre? —siguió preguntando.

— Mucho —le contesté.

Se mostraba complacido, mientras hacía girar un lacito hecho con tientos seguramente por él mismo.

— ¿Y no tiene mucha tos, a la noche…? —continuó.

El viaje llegó a su fin y no pude contestar la última pregunta, que no comprendí.

Esa tarde viajé a Río Gallegos, por lo que la imagen del bracito levantado en despedida fue la última que tuve del muchacho.

La semana siguiente retomé la rutina y me detuve en el puente a la misma hora de siempre. No estaba el muchacho. La noche anterior había llovido en la meseta y el río bajaba turbio y con fuerza. Sentí el temor de que le hubiera pasado algo. Miré para todos lados, lo busqué mirando con esmero y unos binoculares, y no apareció.

Repetí la escena dos y tres mañanas, y al no encontrar ni la casita, se me ocurrió consultar en el pueblo; sin éxito: nadie sabía darme datos sobre el chico o la gente que vivía cerca del Centinela.

— Había un gringuito rucio, de los Cilachi, allá en el puesto viejo —recordó una noche doña Rosa Oyarzún en el bar “Carlitos”—era enfermito y se murió unas navidades. Ellos se fueron al Norte. Hace como quince años.

No volví a parar en el puente. Ni quise averiguar más…