UNA PATAGONIA REBELDE

BRANDONI, BAYER Y UN FINAL DRAMÁTICO Por Roberto Arizmendi

Las historia que publiqué hace un tiempo en una de las “Crónicas Santacruceñas”, vivida  durante la filmación de la película “La Patagonia rebelde” en Río Turbio, se convirtió en un ejemplo que puede servir para ilustrar que todo lo que vivenciamos tendrá el valor de una memoria que merezca ser contada, si sabemos darle su sentido y su razón de ser.

En aquel momento los escenarios sirvieron para enmarcar tres situaciones que estaban “concéntricas”, una dentro de otra como las matrioskas  (esas muñequitas rusas que van apareciendo para dar las unas su razón de ser a las otras). Tres circunstancias que —enmarcadas en la historia y el homenaje a la organización de los trabajadores y sus iniciativas en favor de la dignidad y la condición humana en Santa Cruz— se entrelazaron en un tiempo, enero de 1974, y un lugar: la estancia “Primavera” cerca de Río Turbio.

Por un lado, estaba la circunstancia de la mera filmación de la película que cuenta los hechos de las huelgas obreras de 1921 y 22 en la zona, basada en el libro de Osvaldo Bayer. Una grande empresa que nos convocó en el lugar, al lado de las minas de carbón.

Otra de las situaciones, fue la asamblea que —para formalizar un petitorio a los productores de la película, negociando un pago adicional por excederse en las horas convenidas de trabajo— realizaron los mineros que estaban actuando como “extras” en la culminante escena de otra asamblea: la de estancia “Anita”, donde los huelguistas debían decidir sobre el ultimátum del ejército que los estaba rodeando durante la represión.

Una asamblea verdadera, dentro de una asamblea actuada.

Y la tercera situación fue la que me tuvo como testigo involuntario en esos mismos momentos, cuando Bayer —inspirador y alma de esa gesta cultural que recreaba la otra gesta, la obrera— increpó muy duramente al actor Luis Brandoni que, en su rol de secretario general del sindicato de actores, con un “paro” había hecho detener la filmación porque no llegaba a horario la merienda que les correspondía por convenio.

Los detalles pertenecen —como dije— a mi relato anterior, pero justamente esta última cuestión tuvo un desenlace que omití contar en su momento. Tal vez por estar ocupado en transmitir veraz y pormenorizadamente esa historia —o sencillamente por pudor—, en su momento omití contar una experiencia que sin duda merece ser contada.

Como describí: yo estaba acostado en el pasto, descansando, apartado del resto de la filmación, en una pequeña lomita, y lejos de la asamblea de los mineros; casi dormitando. Detrás de una piedra y con el pasto lo bastante alto, escuché cuando Bayer y Brandoni apoyaron cada uno un pie en unos troncos, a pocos metros. No nos veíamos pero supe de su presencia porque se oía la acalorada discusión.

Osvaldo, furioso: “Estamos en una villa minera, y pretendés que te atiendan como en un hotel de cinco estrellas; sos un tilingo”. De  lumpen para bajo le dijo de todo. No podía entender cómo, por una cuestión relativamente menor, “se permiten el lujo en nombre de los trabajadores, de boicotear una película que reivindica precisamente la verdadera lucha de los trabajadores”. De fascista lo trató como para empezar. El otro, mudo. Sólo cuando le dijo: “Vos estás trabajando para la CIA”, fue que el actor, ante esa ofensa que para un hombre de los sesenta era gravísima, reaccionó con tal furia… Se ve que Brandoni algún gesto hizo, porque el escritor le gritó: “¡Falta que me golpees, ahora… Ya llegaste al fondo del pozo; sos un boludo!”.

Bayer se fue, bajando por la pequeña colina hacia donde estaba el resto de la gente. Luis Brandoni se quedó un rato en silencio —pensativo, supongo porque no lo veía— y luego se levantó y vino hasta donde yo estaba, sin percatarse de mi presencia.

Ahí nomás, se desabrochó la bragueta y se puso a orinar contra mi piedra.

¡Y me salpicó entero!

Me meó Brandoni. ¿Te das cuenta?