LA VIDA ES ASÍ

Fue el Nona Sastre que nos contó lo de la inundación del cementerio de Valle Hermoso. Los ríos de las sierras de Córdoba tienen, sobre todo en verano, la característica de tornarse muy peligrosos a causa de las crecientes, cuando ha llovido mucho en las zonas de sus nacimientos. En pocas horas, pequeños cursos de agua, a veces meros arroyos, se convierten en verdaderos aluviones que arrasan todo lo que encuentran a su paso, e inundan las tierras bajas.

Contaba el Nona: “En Valle, llegó un momento en que el camposanto les quedó chico. Y quedó en el centro. No había cómo agrandarlo. Así que armaron otro, en unos terrenos cerca del río. Y ese año, hubo una crecida muy grande: el agua arrasó con todo; removió las tumbas; se mezclaron los cajones; quedaron flotando las cruces, las lápidas y las placas mixturadas. Con el terreno removido meses antes para preparar la obra, la tierra terminó por soltarse. Los féretros, que son herméticos, navegaban. Fue un escándalo. Había unas viejas que se juntaban a recoger e intercambiar fotitos que recogieron del agua” –y agregaba con voz finita imitando a sus personajes– “Mire, aquí tengo un viejo que se parece a su primo; le cambeo esta foto que es del suegro de doña Julia, por este con el bigote canoso parecido a su marido”.

Por una asociación involuntaria, ese misterioso mecanismo que nos lleva a resolver tantas cuestiones, recordé a Manuel Sosa Laguna, que era otro y resultó no ser ese. Una crónica de magias e identidades, con un final incierto, como suelen ser las historias en Santa Cruz.

Llegó Sosa Laguna a Calafate para trabajar en el Consejo Agrario de la provincia asesorando en cuestiones de bovinos. Lo contrató ChichínAriztizábal por ser idóneo en el manejo de vacunos con gran experiencia en Tucumán, para colaborar en programa de radicación de Hereford, poco después de que entraran los primeros animales de ese pionero emprendimiento.

Mi sorpresa fue grande cuando me presentaron a este hombre al que reconocí de inmediato. Fue en Caleta Olivia que me atendió en los primeros auxilios después de un accidente que tuve con el auto en la ruta. En aquel momento él era enfermero uruguayo y se llamaba Wilmar Cabrera. No tenía tonada del noroeste argentino, ni se comportaba como hombre de campo… Y parecía mayor. Un par de conversaciones triviales me bastaron para confirmar mi primera impresión.

No acostumbro ni me interesa en general meterme en las cuestiones de los demás, por lo que no me desveló la situación de ese personaje al que alguna circunstancia lo había hecho cambiar tan radicalmente de vida e identidad.

En aquella época, siempre pionera, un tucumano dueño de la farmacia abrió un local que fue la primera discoteca o pub: “Tío Cacho”, un saloncito con luz muy tenue, con sillones, veladores, la pista y un Wincofón, donde los pocos habitantes del pueblo pasamos momentos inolvidables, cuyo primer disc-jokey fue: el suscripto.

En tal condición era obligada mi presencia los fines de semana por la noche, donde Manolo Laguna se hizo infaltable, luciendo una melena peinada hacia atrás y un sombrero chambergo gris. Los muchachos lo bautizaron El Poeta.

Comenzamos a hacernos compinches; yo a sentirlo como un amigo que podía ser mi hermano mayor. Solía sentarse en una banqueta junto a mi mesa y me ayudaba con los long-play, el tocadiscos y lo que llamábamos juego de luces que atendíamos con pulsadores. Así surgió la oportunidad de entablar conversaciones que aumentaban la confianza y cierta camaradería que llevaría a acrecentar la posibilidad de incursionar en el tema de su identidad.

Manolo  se hacía más popular con habilidades y facetas que iba revelando: recuerdo la creación que  lograron bailando “Moritat” con quien era mi compañera, que era bailarina, y siempre les pedían que lo hicieran, antes de cerrar, como fin de fiesta. Y fue cuando, todavía sin alarma, observé el cambio del que parecía que yo era el único que notaba. Con el correr de los días, muy paulatinamente, este Sosa Laguna aparecía mucho más circunspecto, con maneras, estilo y elegancia de otra época que nunca había mostrado, incluso todo lo contrario de cuando llegó como hombre de campo y vacas; y aparentaba de a poco muchos más años: canoso y enjuto.

Precisamente pensando en esa paulatina transformación física y social, y que parecía que sólo yo notaba, es que nos encontramos en el local de Osorio donde yo solía sentarme en  una mesa a escribir en la tarde. Sendos y varios cafés de por medio me animaron finalmente a encararlo, aunque con la sospecha de que él había estado buscando también ese momento. Así Manolo me confirmó que era a él a quien había conocido como enfermero uruguayo: “La vida es así, Arroyo”, me dijo Wilmar como cansado. “Soy ambos y soy ninguno, soy uno más”, me dijo. “Un individuo no es una unidad indivisible, sino un concepto complejo al que se van sumando experiencias, circunstancias, necesidades… No nos bañamos dos veces en el mismo río; Heráclito de Éfeso no era ningún huevón”.

La vida continuó en Calafate. Y no me hubiese afectado mucho el secreto que atesoramos, si no hubiera sido por una observación que al principio no pasó de eso, pero que al acrecentarse esa mágica situación comenzó a inquietarme seriamente. Nuevamente noté la imperceptible, paulatina, asombrosa mutación; nunca sabré si voluntaria o misteriosamente inconsciente. Manolo, que había ya perdido totalmente ya la notable tonada tucumana, comenzaba ahora a acordobesarse  mientras se convertía en un avezado informático, y había empezado a enseñar computación, algo completamente nuevo en la época, a la muchachada, y vendiendo máquinas y programas, que traía de Río Gallegos en sus cada vez más frecuentes viajes, se estaba convirtiendo en el referente del pueblo en la materia; de vacas ya ni hablaba. Ariztizábal convocó a otro idóneo, y pasó desapercibido el reemplazo de Manolo-Wilmar. Para completar mi asombro observé que, y no sé cómo es que comenzaron, todos le llamaban Quique.

Cuando volví de Lago Posadas, donde fui a ver unos amigos, me enteré de que Quique se había ido, supuse que definitivamente. Un día viajó a Río Gallegos y ya no volvió. Había vivido entre nosotros más de dos años.

Por hábito profesional o simple curiosidad, decidí investigar comenzando por lagunos colegas de los diarios otras provincias, con los que he tenido contacto. La búsqueda llegó a ser tan interesante que me encontré intercambiando información con periodistas de todo el país, detrás de las, no sé si innecesarias, mutaciones de mi amigo. Así me enteré de su paso por Tandil como José Martín, escultor español; de Jorge Dondi, un porteño que tocaba el saxo en Puerto Madryn; José Ignacio Aranzábal que enamoró y sedujo a la reina de la Vendimia en plena Fiesta; Gerardo León, Fernando del Carmen Ulloa, Anastasio Varela, más otras identidades ambiguas, poco probables adjudicadas sin comprobación al mismo personaje. Casi todas personalidades anteriores a su paso por Santa Cruz.

En La Voz del Interior, Lalo Bazán me confirmó una última identidad como el cordobés Enrique Luján Bustos, que llegó siendo informático y después vendía autos usados, que murió en Valle Hermoso a manos de un marido celoso, donde se había instalado finalmente, y sus restos quedaron en ese cementerio. Junto con la lamentable sorpresa llegó se enriqueció el asombro: descripción de Luján Bustos, el de  pelo lacio castaño y entrecano, ojos claros y cuerpo atlético, no se asemejaba siquiera a la del enjuto y esmirriado Quique que salió de Calafate, ni al Sosa Laguna de cuando llegó allí; ni mucho menos al motudo y retacón uruguayo que conocí en Caleta: Wilmar Cabrera. Las mágicas metamorfosis se desarrollaban frente a todos, que las han mirado sin verlas.

– “Solamente somos lo que los demás quieren o necesitan que seamos” –me había dicho El Poeta– “Sólo seremos lo que se crean. Y no debería ser así, cada uno tendría que ser uno mismo y nada más… A lo sumo otro más” –agregó estoico, sombrío, eterno.

– “La vida es así, Arroyo” –resignado.